Musculosos mortales

Publicada en la Edición Nº30 de Revista D

La generación tatuada y musculosa traga proteínas a destajo. Las cuentan por gramos y se las terminan comiendo para ser humanos inmortales. Es la moda y la moda no incomoda ni cuando se trata de ingerir barritas proteicas de chocolate que no es chocolate, pollo o clara de huevo. Los nutriólogos y tiktokeros les juran y rejuran que tendrán una estupendísima vejez a punta de levantar mancuernas y comer tortillas de claras y que la silla de ruedas o el Alzheimer  quedarán en el olvido. Ellos les creen.

Las señales son muy preocupantes para el futuro del goce. Estas personas miran a todo lo que se come como si fuera bencina de 97 octanos. No se les ocurre comer sin hambre, ni a deshoras, ni siquiera comen sin saber por qué. Ellos saben lo que comen y por qué lo hacen. Espeluznante. Ellos tragan para alimentarse de gramos de proteína diaria. Epicuro, sacúdete en tu cripta.  

El hombre de Grecia que vivió, y muy bien, en Atenas en el siglo IV ac, sabía de sobra que la vida está llena de dolores y la única forma de hacerles una finta, es abrazando el placer. Su materialismo sensualista tenía los pies firmes en la tierra y no dudaba que los dioses, si es que existen, nos encuentran una soberana lata, muy indignos de su atención. Los primeros cristianos, gente proclive al sufrimiento, lo odiaban e hicieron todo lo posible por crucificar para siempre su filosofía. Pero Epicuro no se rinde y hoy, hermanos, es indispensable resucitarlo y ponerlo de frente a la gran cantidad de mozalbetes que miran sus bíceps en el espejo de gimnasios y ascensores, varias veces al día.

Epicuro, que vivía en el mismo barrio que el beato Platón, tenía un jardín glorioso. Al llegar a su puerta, había un cartel que decía “¡Entra, forastero! Te recibirá un amable anfitrión con pan y vino en abundancia, pues aquí tus apetitos no serán excitados, sino saciados”. La cosa no terminaba ahí, porque su casa estaba rodeada de un bello huerto con árboles frutales y olivos que era el escenario perfecto, no para quienes querían transformarse en líderes, sino para los que deseaban hablar de la felicidad, la amistad y la libertad. Era un lugar para reír de buena gana y conversar sobre cómo perder el miedo a la muerte. Era un espacio donde flacos y guatones convivían sin ser juzgados, sino que compartían un momento con cordial camaradería. En el Jardín de Epicuro, se juntaban los amigos en torno a una mesa, tal vez con una gran coliflor al centro, para disfrutar el inmenso placer de estar vivos. Cuánta falta nos hace Epicuro. 

Así las cosas, a modo de goce y protesta he andado comiendo preparaciones vegetales con las mínimas proteínas posibles. Por joder. He comido betarragas al rescoldo pasadas por el fino corte de la fiambrera y acompañadas de naranja sanguínea; coliflor a la brasa con hummus y orégano; encurtidos de apio, berenjena y rabanito; pesto de hierbabuena, eneldo, menta y rúcula sobre arroz muy blanco; tartas de zapallito italiano frito; pasta a la Norma y otras delicias del mundo no proteico. Estoy seguro que mi activismo no será en vano.

Afírmate musculín, que tu alimentación desprovista de toda filosofía quedará en evidencia y será, más temprano que tarde, sólo una más de las recomendaciones cuchufleteras de los seudocientíficos nutricionistas, que te han convencido de ir por la vida trasegando claras de huevo mientras miras tus músculos tatuados en cuanto espejo se te cruza. Pronto, su majestad el sabor se impondrá y liberará a los incautos de andar por la vida contando gramos de proteína, y los devolverá a lo que siempre fueron, unos simples musculosos mortales. Algo es algo