De un viaje

Publicada en el número 29 de Revista D

Para los que crecimos tirados sobre una alfombra explorando un Atlas en silencio, los viajes son un deseo irrefrenable. Mirando mapas soñábamos con visitar algún día Atenas, el Borneo de Sandokán o el delta del Nilo. Yo me imaginaba viajando en hidroavión, camello y canoa.

Hoy, algo más crecido, las ganas de viajar son las mismas, pero los objetivos ya no incluyen descubrir cascadas remotas sino más bien seguir llenando el mapa de sabores. Los traslados, algo tristes, de seguro involucrarán un paso por aeropuertos y aviones comerciales. 

Hace unos días, sin mucha preparación y con un boleto hacia Estados Unidos, mi viaje pudo partir con la pata izquierda. Sepa usted que si uno llega con hambre a Pudahuel casi no hay salvación. Mejor llevarse un jamón y palta en la mochila que comerse cualquier cosa que se oferte en el “Palacio de la Fealdad Arturo Merino Benítez”. Eso sí, hay que comerse el sánguche antes de la revisión de seguridad, porque si no arriesga la confiscación del producto, vaya a saber uno si por razones de seguridad o comerciales. 

Pero yo no tenía churrasco tomate ni pernil ají verde en la mochila. Resignado hice la fila para escanear mi pasaporte en las hipertecnológicas maquinitas Atari de la PDI, que no me dieron la opción de decir la verdad, así que seleccioné Angola en el menú de países ofrecidos como destino. Siempre he querido visitar la capital de Angola, Luanda, que quedó completamente desocupada cuando cayó el dictador portugués Antonio Salazar y la colonia quedó a la deriva, por allá en 1976. Los Europeos, principalmente portugueses, acopiaron todo lo que pudieron en el puerto, abandonaron la capital y la dejaron pelada. Quedaron muy pocos habitantes que se salvaron tomando Cerveza Cuca, que su fábrica jamás cerró, aun en los peores momentos de la guerra que siguió al éxodo. Todavía venden la Cuca. Me gustaría tomar una.

Hablando de cerveza me compré dos schops al lado de la puerta de embarque y la acompañé con un sandwich de queso barato y latigudo por la módica de 27 lucas más propina. Estafado pero somnoliento me subí al avión y me quedé dormido. No tuve que elegir entre chichen or pasta. Aleluya. Afortunado dormí hasta que me despertó el azafato para ofrecerme omelette o sandwich de jamón y queso. Nervioso, opté por la omelette. Me pasaron una microbandeja cubierta por un metal que decía “SOSTENIBILIDADE”. Mientras los motores trasegaban bencina a todo ritmo, me comí el neumático de huevo con un tenedor de bambú que me dejó la lengua áspera. También habían tres cubos de papas doradas hace 6 meses y unos tomates cherry circa 2023. Tenía hambre, así que tragué todo de un viaje. Lo que salvó la comida fue el sobre de sal que incluía la merienda. Casi se me cae de la bandeja. Fue un momento de terror. Sin sal todo habría sido intragable.

Arriba de los aviones todo es insípido porque hay poca humedad y se seca la boca. Además, uno pierde el olfato cuando presurizan la cabina. Pensándolo bien, vale la pena andar con la nariz a media marcha y así evitar los aromas de zoológico que se harían más evidentes al comprimir tanto ser humano en tan poco espacio.  

Para el viajero aventurado es difícil encontrarse con los que antaño abundaba aunque era difícil de encontrar: tribus nómades, gitanos, choferes de camellos, ríos que atravesar a caballo o mafiosos neoyorquinos. Hoy la aventura es más interior. Hay demasiadas cosas estandarizadas y los aeropuertos todos parecidos con sus duty free y sus Starbucks. 

Mi destino era California y no supe demasiado de la oferta culinaria local más allá de un par de hamburguesas parecidas a las que venden en el Parque Arauco. Eso sí, disfruté cocinando con amigos las maravillas que se encuentran en el fantasilandia de los supermercados gringos, el Wholefoods, con pasillos con embutidos frescos, langostas, bistecs dignos de Pedro Picapiedra y especias de todas partes del mundo, que le alegran la vida a cualquiera.  

Para los que tenemos suerte, a veces los viajes se preparan y en otras ocasiones, simplemente llegan. Cuando las ganas de viajar vencen a las objeciones que impone el sentido común y a las incomodidades de la clase turista, nos ponemos a buscar razones para justificar la partida que, felizmente, casi nunca encontramos. Algo crece mientras se aproxima la hora de la partida, se sueltan las amarras, y aunque inseguros de la decisión, partimos a otro país. Viajar siempre supera a sus motivos. Al poco andar viajar es siempre suficiente por si solo. Uno cree que está haciendo un viaje por el planeta, pero en realidad es el viaje que lo hace y deshace a uno. Tal como cuando soñábamos sobre la alfombra hojeando el atlas. Algo es algo. 

Ideas de sandwiches viajeros

Hace unos días extrañé mi sandwich viajero, que no me falló nunca hasta que a Bin Laden se le ocurrió atacar a Estados Unidos: el de carne con mostaza y mayonesa. El pan se mantiene húmedo, pero no tanto, y la carne no pierde su sabor ni arriba del avión. La clave es cortar la carne muy delgada. Filete, lomo, asiento quedan de maravilla entre los dos panes. Obviamente, alternativas hay miles. Si no le gusta la simpleza de mi sandwich favorito siempre está la lealtad del Aliado, siempre y cuando el pan tenga mantequilla. El pernil es otra gran alternativa y con ají verde y un toque muy suave de mayonesa puede ser una comida muy superior a la lasaña a 10 mil pies de altura. Le recomiendo dejar el tomate y la palta en la casa porque si le viene el hambre muchas horas después de haber partido, puede llevarse una sorpresa algo aguada. 

Si quiere olvidar la tristeza de la omelette aérea, le sugiero hacer un sandwich de omelette con jamón y queso. Jamón y queso dentro de la omelette, se entiende. En baguette, por supuesto. Es rico, muy rico. Cómaselo de un viaje. ¡A gozar!