La búsqueda de la felicidad

Publicada en el Nº25 de la Revista D

Corren tiempos en que la guerra y la política parecen dominarlo todo. Da como para deprimirse, por eso es bueno recordar una tremenda idea que nació en Estados Unidos en 1776, que era muy novedosa en ese tiempo y desgraciadamente sigue siéndolo en muchas partes del planeta, incluyendo el país de origen: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. El concepto está en la Declaración de independencia de Estados Unidos y uno de sus redactores, John Adams, la tenía tan clara que además dijo: Yo estudio la guerra y la política para que mi hijo pueda estudiar comercio y mi nieto, música y arte. 

A la felicidad sólo puede aspirarse a buscarla. El estado de plenitud e iluminación plena del monje budista, simplemente no existe. Buscar la felicidad es como intentar encontrar el final de un arcoíris, a medida que uno se acerca, el arcoíris se aleja y termina desapareciendo. Lo bueno es que si a uno le gusta el arte, siempre habrá arcoíris en el horizonte con un duende y su canasto lleno de chuletas doradas a la perfección.

De las artes menores, sin duda el más destacado es el arte culinario, que también puede ser considerado sólo una artesanía. Da igual, porque comer es el camino express en la búsqueda permanente de la felicidad, al menos una vez al día. No importa si es un pollo gordo a las brasas o una densa torta de chocolate con murtas sureñas.

Pero no faltan los que se lo toman muy en serio. En el restaurant “Disfrutar” en Barcelona han decidido unir de la manera más literal posible la comida y el arte. Con todos sus premios culinarios a cuestas venden un plato imitando una paleta de pinturas de un pintor. Hacen unos “almidones de verduras, en cremosos montoncitos separados por brillantes colores” como si fueran óleos. Los clientes se lo tragan. Yo me comería feliz las “pinturas” que deben ser deliciosas y saldría pelándolos por siúticos y tacaños. Como si fuera poco, también tienen una pintura que se come y que imita, obviamente, a un cuadro de Jackson Pollock. Te quiero ver chef creando un Goya con tus salsas.

Porque cuando la cocina es llevada a la calidad de arte, la cursilería asoma más rápido que los arcoíris en día de sol y lluvia. Bien lo sabemos los chilenos que somos compatriotas del inventor desconocido de la “Sinfonía de mariscos”. Un monumento para él.  Hoy vemos múltiples trilogías de esto y lo otro que han aparecido en los menús de la capital. Hasta trilogía de empanadas he visto.  

El que era campeón mundial del arte culinario era Dalí. Sabía buscar la felicidad como pocos y junto a su esposa Gala se despacharon performances gozadoras memorables cuando el mundo se estaba yendo al carajo. En 1941, cuando la Luftwaffe bombardeaba Inglaterra, el pintor organizó una fiesta surrealista en un lujoso hotel californiano so pretexto de que lo recaudado iría destinado a los artistas europeos exiliados por la Guerra. Gala, recibió a sus invitados disfrazada de unicornio y con un cachorro de león en los brazos al que alimentaba con una mamadera, mientras un grupo de monos dejaban la grande en el lujoso comedor del Hotel Del Monte, en Monterey. El primer plato fue lenguado servido en una pantufla de satín y como plato principal una bandeja de ranas vivas que, a punta de saltos, jamás llegaron a los platos de los invitados. 

Por estos lados nunca hemos hecho de la comida un espectáculo mayúsculo como le gustaba a Dalí. Más encima se ha perdido casi por completo el arte culinario de cortar verduras para decorar. ¿Cómo no extrañar esas zanahorias transformadas en cisnes o mariposas y sobre todo esas sandías cortadas para que parecieran el canasto de la Caperucita y que servían de fuente para el tuti fruti? Eran bellísimas siutiquerías orientadas a la búsqueda de la felicidad. Lo bueno, es que por acá hace bastante que no hemos tenido que aprender sobre la guerra para que nuestros hijos sean comerciantes. Faltan, eso sí, más nietos artistas y músicos. Algo es algo. 

Receta 

Ensalada de Alejandro Dumas

Para 6 personas

Salvador Dalí publicó en 1973 un libro llamado “Les Diners de Gala” donde se recogían muchas recetas del restaurant Maxim´s. Una de ellas, es atribuida a Alejandro Dumas, que no es más que un salpicón, pero que contada al estilo de Dalí y Maxim´s es una obra de arte, o para ponerlo un poco más cursi, una verdadera obra de arte.

  • 4 betarragas, cocidas y cortadas en cubos
  • 1 rama de apio cortada en medialunas
  • 1 papa de apio, blanqueada y cortada en lonjas muy delgadas
  • 8 papas pequeñas cocidas
  • 6 corazones de Tudela o de lechuga costina
  • Opcional de la receta original: 1 trufa negra

Para el aliño:

  • 1 yema cocida, hecha pasta con aceite de oliva y perejil
  • 1 cucharada de atún de tarro
  • 2 filetes de anchoa
  • 1 cucharada de mostaza Dijon
  • 2 cucharadas de salsa de soya
  • 1 clara de huevo cocida cortada en trocitos pequeños
  • Sal y pimienta
  • Paprika

Mezclar las verduras en un bol grande y disponerlas artísticamente. Llevar a la mesa con el aliño aparte y mezclar teatralmente frente a sus invitados o sus hijos. Salpimentar y agregar aceite de oliva y vinagre a gusto. Terminar con un poco de paprika. Servir de inmediato. ¡A gozar!