Publicado el número 20 de la Revista D
Hace poco quedé helado con un párrafo del escritor argentino Pedro Mairal, que en su última novela “Los Nuevos” retrata de maravilla a tres jóvenes argentinos algo desadaptados que intentan empezar a vivir bajo el estricto odio de sus padres. Uno de ellos, Bruno, es protagonista de una escena espeluznante: “…noches atrás se pusieron a hacer daiquiris medio fumados en una fiesta de amigos mexicanos… Él se hizo el barman y cuando estaba preparando un trago con la licuadora encendida se cortó la luz en todo el barrio. Siguieron la fiesta un rato, iluminados por las linternas de los teléfonos. Bruno quiso terminar de preparar tragos machacando el hielo en un paño. Metió la mano en el fondo de la licuadora para sacar los hielos que habían quedado y de repente volvió la luz.”
El miedo a las máquinas es completamente razonable. Sobre todo el miedo a la espontaneidad de las máquinas. Yo al menos me espanto con cualquier escena de película de terror barata que incluya imágenes de aspiradoras que se desplazan desenchufadas o de timbres que se tocan solos.
Como si fuera poco, Elon Musk dijo en Davos que en el futuro habrá más robots humanoides que humanos. Los que le tememos a las jugueras sólo podemos imaginar cuando los robots queden tirados en el suelo y de repente les vuelva la pila y uno, de la pura impresión, quede turuleco por un buen rato.
El trillonario Musk dijo también que cada uno de nosotros tendrá al menos un juguete a pilas que nos haga la cama y saque la basura. No tengo argumento alguno para no creerle así que mejor prepararse y ser optimista. Así las cosas, puede que los que gozamos no solo con comer sino que también con cocinar, veremos durante nuestras vidas como revolver la olla será cosa del pasado. Tal vez viviremos en un mundo con tanta abundancia de servicios robóticos, que el cocinar será asunto de las maquinitas. El consuelo es que la conexión entre el cerebro y la boca será para siempre patrimonio humano, y que si de comer y conversar y se trata, el asunto está más o menos a salvo.
Mirando las cosas por el lado amable, el robot no es competidor ni de comida ni de vino. No se queja y tampoco falta al trabajo. Además podremos ser implacables con ellos si así nos parece. Ni te digo la parada de carros que le pondría al Arturito si le queda el puré latigudo.
Mi robot hará mayonesa dos veces al día revolviendo con tenedor la yema y el aceite a ritmo perfecto. Picará el ajo finísimo y la cebolla pluma será transparente. Nunca se quejará de calor mientras revuelve sin parar la olla de mermelada burbujeante. Yo al menos lo voy a tener una tarde entera de verano haciendo tostadas y moliendo palta sin moverme de mi sillón flotante. Por puro miedo a encariñarme con el objeto le diré “inútil, tráeme una piscola” y si el café no está listo cuando me despierto en la mañana, lo amenazaré con regalarlo a analfabetos digitales.
No hay que preocuparse. En el futuro seguiremos siendo humanos. Siempre habrá un robot nuevo y más caro que hace las cosas mejor que la porquería de la que uno es dueño. Llegará algún amigo de los hijos con robots mejores que los de uno y la suegra opinará que es hora de comprar un robot nuevo porque “este fulano no sirve para nada”. Uno igual se lo tomará personal. Tampoco faltará el iluminado que propondrá un impuesto a la circulación de robots. En Chile, mientras mejor el robot, más impuestos pagará. A los empresarios nacionales que usan robots para reparar robots se les echaran a perder los robots y tendrán que recurrir a empresas que reparan robots que reparan robots. Se van a demorar un mes en mandar el presupuesto.
Quizá el mundo del futuro será un mundo de comodidades pero también un lugar en que constantemente vuelve la luz de improviso. Para no espantarnos día por medio, será bueno contar con un robot que tenga las aspas de una licuadora en el dedo índice. Mi robot que se llamará Bruno, preparará unos daiquiris de campeonato que me calmarán y me harán recordar que la conexión de la cabeza y la boca es una cosa estrictamente humana. Algo es algo.
Receta
Para 4-6 personas
Sopa fría de Zapallitos y albahaca
La gracia de esta sopa es que queda con dos sabores distintos de albahaca. Primero el de albahaca cocinada y después el de la albahaca fresca. Además la combinación de ajo, albahaca y aceite de oliva hace que la sopa termine sabiendo a pesto, pero con el sabor vegetal suave del zapallo italiano. Un robot se demoraría unos 20 minutos en hacerla, un humano también. Recomiendo tomársela fría en un día caluroso. ¡A gozar!
Ingredientes
- 700 g de zapallo italiano, sin pepas y partidos a lo largo y cortados en rodajas de 1–1,5 cm
- 2 cucharadas de aceite de oliva extra virgen, y un poco más para servir
- 1 puerro grande, picado fino
- 3 ramas de apio, picadas finas
- Sal de mar
- 3 dientes de ajo, picados
- 2 tazas de hojas de albahaca fresca, picadas gruesas
- 1,2 litros de agua (aprox. 5 tazas)
- Pimienta negra recién molida
- Jugo de 1 limón (o a gusto)
Preparación
Corte los zapallos italianos por la mitad a lo largo y con una cuchara sale las pepas, así la sopa no quedará aguada. Córtelos en medias lunas de 1 cm. De grosor y reserve. En una olla grande, caliente el aceite de oliva a fuego medio. Agregue el puerro y el apio, sazone con sal y cocine revolviendo hasta que estén blandos y translúcidos, sin dorar, unos 5 minutos. Si la olla se seca, agregue un chorro extra de aceite.
Incorpore el ajo y cocine unos 30 segundos, solo hasta que perfume. Que nunca se le queme. Agregue el zapallo italiano y revuelva durante 1 minuto. Sume la mitad de la albahaca, mezcle bien y agregue el agua.
Lleve a hervor suave y cocine a fuego medio-bajo hasta que el zapallo italiano esté tierno pero aún verde, unos 10 minutos. Retire del fuego, agregue el resto de la albahaca y de inmediato procese con una minipimer directamente en la olla hasta lograr la textura deseada.
Ajuste la sazón con sal, pimienta y jugo de limón. Sirva caliente o fría, con unas gotas de aceite de oliva por encima. ¡A gozar!