Publicada en la edición Nº4 de Revista D
Piense por un momento en aquella mañana de otoño de 1793 en Paris, en que una mujer con el pelo corto y vestida de blanco fue llevada en carreta por las calles de la ciudad para que nadie quedara sin verla. Poco antes, solo había comido un delicioso caldo de carne. Ella era María Antonieta, que con sus 37 años a cuestas, se aprontaba a que le cortaran el cogote. Al llegar a la plaza de la Revolución, hoy plaza de la Concordia, olió las castañas que se asaban en las esquinas y se acercó a la guillotina. Sin querer pisó el pie de su verdugo. “Perdón señor, no lo hice a propósito” fueron sus últimas educadas palabras.
Hay últimas cenas antes de que la vida cambie para siempre y también hay comidas que son puntos de inflexión que lo dejan a uno como hombre nuevo. Están los almuerzos para terminar una relación con el socio o la amante que pueden ponerse rápidamente castaño oscuro. Son ocasiones en que además de pagar los costos emocionales y estomacales de una ruptura en medio de masticar una merluza frita, hay que tragarse la desazón hasta terminar de comer y para más remate, pagar la cuenta. Me pasó una vez hace muchos años, pero afortunadamente, había puré de castañas de postre y el trance resultó incluso reconfortante.
El otoño, aunque de apariencia grisácea y lúgubre, es en realidad tiempo del relajo. Es el pantalón de buzo de las estaciones del año. El otoño es una caminata pausada sin parar ningún minuto de conversar. El otoño es el tiempo que corre como una piedra haciendo patitos en el agua de una laguna que se secará en verano. Sólo basta enfrentarlo con buena comida, sin jamás involucrarse en dietas absurdas que pueden esperar hasta septiembre. Porque la nostalgia que provoca ver las hojas cayendo a ritmo cansino, se cura comiendo los colores del otoño.
Viene bien comer lentejas con longaniza, chocolate con almendras, membrillos al horno con canela, sopa de zapallo con un poco de picante rojo, castañas a las brazas, plateada braseada por largo tiempo, mucho café negro, Valdiviano con un chorro de naranja amarga, cerros de callampas en todos sus tonos, peras al vino y obviamente, disfrutar del inigualable color café anaranjado de los erizos. Es buen tiempo para recordar que a uno le gustan los chalecos de lana que abrigan mucho, ver películas tapado con un chal, escuchar música que de sueño y caminar sin parar sin transpirar.
También es recomendable disfrutar de la belleza otoñal de la ciudad, que es totalmente creada por el hombre santiaguino y su costumbre de plantar árboles de hojas caducas donde nunca los hubo. Nuestro árboles nativos suelen hacer caso omiso del otoño, en cambio los ginkgo, liquidámbar y plátanos orientales, que tienen su mejor color en otoño, no son de estos lados. Lo que comemos tampoco es local. Los membrillos son de Irán, los zapallos mexicanos y los repollos de Bruselas adivine de donde.
El más lindo de los árboles de otoño es el castaño con sus hojas que se ponen verdes, amarillas y café al mismo tiempo. Su fruto, peñasco de otoño que cae de los árboles, es una delicia que al menos yo veo cada vez menos en las mesas y que merece más atención y respeto. Los enemigos del azúcar, pseudo talibanes con intereses fomísimos, desprestigian las preparaciones cargadas a la granulada porque se supone que se vive mejor pasándolo peor. Guárdense la amargura para otra estación del año y cómese un puré de castañas con crema o unos gordos marrón glacé.
El otoño es el momento perfecto del año para salir de farra y ponerse festivo, desarrollar una figura algo más rechoncha y prepararse para el invierno y su tripa blanca. La única forma de lograrlo es gozando y no inventando depresiones porque le aprietan levemente los pantalones. Tráguese una gran cucharada de puré de castañas y písele el pie a su voluntad. Discúlpese de inmediato con usted mismo y diga: “Perdón, no lo hice a propósito”. Algo es algo
Receta para el Domingo
Crema de Calabaza
para 4 personas
Esta receta es del afamado chef Jean George Vongerichten. Su gracia es que a pesar de su simpleza, revela la elegancia del zapallo calabaza, también conocido como zapallo violín. Un plato otoñal.
- 1 kilo de zapallo calabaza, pelado y en cubos
- 4 tazas de caldo de pollo
- 1 1/4 tazas de crema ácida
- 2 cucharadas de mantequilla
- sal y pimienta
- 1/4 de cucharadita de pimienta cayena o merkén
- Ciboulette picada
Ponga la calabaza y el caldo en una olla y caliente a fuego fuerte. Una vez que hierva ponga el fuego bajo y cocine 20 minutos hasta que el zapallo esté blando. Luego deje enfriar un poco y ponga el caldo y el zapallo en una juguera o procesadora de alimentos hasta que se forme un puré suave. Devuelva el zapallo a la olla y a fuego bajo agregue la crema ácida, la mantequilla, sal y pimienta y finalmente la pimienta cayena. Cocine revolviendo y evite que hierva. Corrija la sazón y sirva la sopa en platos hondos. Termine con un poco de ciboulette encima y sirva de inmediato. ¡A gozar!