Lo intentaré

Publicada en el número 19 de Revista D

El revoltijo mundial lo deja a uno perplejo como mirando un plato de carbonada que, por demasiado caliente, uno no sabe por donde entrarle. Más vale ir ordenando las cabezas, porque si no este año, que asoma de pacotilla, será aún más largo que el anterior. «No hay nada más absurdo que vivir sin propósito, sin saber por qué ni para qué” dice Facebook que dijo Friedrich Nietzsche. Es más “el enemigo de un buen plan es el sueño de un plan perfecto” dice Twitter que dijo Carl von Clausewitz. Así las cosas, no queda otra que intentar mejorar este 2026. Hagámoslo por la humanidad. Hagamos un plan.

Por mi parte haré todo lo posible por pasar más tiempo con mis seres queridos y también pasaré más tiempo con mi familia, siempre y cuando me sobre tiempo de tanto Tai chi que practicaré. Perderé peso, sin querer queriendo, solo por seguir una dieta mediterránea basada en foccacia, foi gras y jamón ibérico. Obviamente me enrolaré en el gimnasio y los dueños querrán echarme por desgastar excesivamente sus máquinas. 

Disculpe si mi contribución al orden mundial le revuelve el cerebro, o peor aún, el estómago. Independiente de como usted se sienta, siempre hay comida para ese estado especial. Por ejemplo, en estado melancólico es bueno comer alimentos insípidos y políticamente correctos para el medioambiente, como el cous cous, aliñados con chuletas de cordero. En estado eufórico coma las mejores y más saludables partes del pollo apanado. 

Ni hablar de todas las verduras que comeré fritas en los más finos aceites de maravilla, partiendo por esos bastones de zapallo italiano pasados por leche y harina que al contacto con el aceite despliegan dulzura a borbotones. Abrazaré al mejor chancho como se abraza a un oso panda de peluche. De comidas procesadas ni hablar, sin contar las procesadas por algunos chefs limeños de restaurantes que empiezan con M: Maido, Matria y Mayta. Los visitaré en orden alfabético porque el 2026 seré más organizado que el crimen mismo. 

Dormiré justo ocho horas todas las noches sin contar los minutos de la siesta provocada por el tinto del Valle del Maipo. Al despertar a las 5:30 am haré croissants y pensaré en nuevas formas sustentables de cocinar los huevos pochados con la mejor holandesa y tocino. Ni hablar de subirme al ascensor, porque las escaleras serán mis mejores amigas sobre todo cuando se trate de bajar desde el segundo piso hasta la puerta del edificio. 

Combatiré con gruesos argumentos a la ingesta de azúcar y aprovecharé de ir al dentista a preguntar si tengo caries y a Impuestos Internos a averiguar si les debo algo. Lo haré en transporte público donde aprovecharé de leer un libro a la semana. Cuando no esté meditando escribiré en mi diario de vida sobre mi aprendizaje del italiano. El aeromodelismo llenará de satisfacción los domingos por la mañana, y memorizaré las charlas TED más relevantes para la humanidad. Iré a ICARE y diré: Utilitates non hocicum, Capen nane Tun y Comedo Ergo Sum. 

El mundo está hipertenso, así que reemplazaré un porcentaje de sal por glutamato monosódico, el glorioso ajinomoto. Diré “gracias planeta por dejarme existir”. Es más, haré un podcast que se llamará “Contento, planeta, contento”. Tal vez, a lo mejor, quizá, puede que no resulte porque es difícil renunciar al tiempo necesario para hacer papas fritas y chuletas al sartén. Lo intentaré.

Instagram no influirá en lo más mínimo en mi vida porque mi mentor y mi coach así me lo han comandado. Seguiré al centavo el presupuesto anual y nunca jamás ahorraré gastando, aunque me refrieguen en la cara el mejor huachalomo y así como van las cosas, tintos reserva a $2.990. Huiré de los lateros que dicen que el tomate es fruta pero a mis amigos no los descuidaré y los invitaré a comer todos los primeros jueves del mes. Ellos pagarán la cuenta. Por supuesto haré nuevas amistades y reconectaré telepáticamente con quiénes me he distanciado por lateros y amarretes. Hablando de lateros amarretes, buscaré a un pescador pascuense para que me provea de abundante Mahi Mahi. Yo pagaré la cuenta. Era que no. 

Para terminar, todos los días haré algo nuevo, como coleccionar estampillas africanas con hortalizas de colores o visitar el museo del trompo y la payaya. En voz alta diré: reduciré, reutilizaré, reciclaré todas las botellas de whisky que sea capaz de tragar. Vengan de donde vengan. Finalmente y para que no queden dudas de mi progreso y que la vida sin propósitos no es vida, labraré en piedra la mismísima lápida de mi tumba. Mis propias manitos esculpirán mi epitafio: Pan, mantequilla y queso, todo del mismo grueso. Algo es algo.

Receta

Fritti Fritti: Bastones de zapallo italiano fritos

Esta receta es del restaurant veneciano Polpo y le permite al individuo común y corriente comer sus verduras de forma correcta: fritas. (El zapallo italiano también es fruta pero por favor concéntrese en su plan anual y no joda)

Para 4 a 6 porciones:

6 zapallos italianos 

1 litro de aceite vegetal

500 ml de leche fría

500 g de harina sin polvos de hornear

Sal

Parta el zapallo por la mitad y con una cuchara retire las pepas. Luego córtelo en tiras largas de 4mm por lado (unos tallarines gruesos). Caliente el aceite hasta que llegue a 190ºC (o hasta que un cubo de pan se demore 1 minuto en quedar dorado) Con cuidado remoje brevemente las tiras de zapallo en leche y luego páselas por harina. A continuación fríalas por tres minutos en el aceite caliente hasta que estén dorados. Una vez listas ponga los fritos de zapallo sobre toallas de papel para que boten el exceso de aceite. Póngales sal y sírvalos calientes como aperitivo o de acompañamiento de pescados y carnes. ¡A gozar!